Visita a la Destilería Jameson
El whisky irlandés lleva siglos aquí, cosechando fans tan célebres como la Reina Isabel I y Pedro “El Grande”. Cuando John Jameson vino a Irlanda desde Escocia, allá por finales del siglo XVIII, Dublín era el centro del mundo del whisky.
Su inconfundible carácter se debía a que usaban alambiques para destilar y no utilizaban turba para avivar el fuego durante el proceso de malteado, como hacían los escoceses (lo que produce un sabor menos ahumado y más suave). Jameson fue el primero que intentó destilar el whisky tres veces, algo que hoy por hoy es una seña de identidad del whisky irlandés.
La primera destilería Jameson está situada en la parte norte de la ciudad de Dublín. En la actualidad, es más bien un museo que sigue rindiendo tributo al líquido dorado con clases sobre el proceso de destilado y catas muy educativas. Enviamos a Brit McGinnis a escuchar lo que tenían que contarnos.
Visita a la Destilería Jameson
No todos los días se tiene la oportunidad de visitar una destilería. Ni todos los días puede una zambullirse de lleno en la historia del whisky, retrotrayéndose en instantes al empedrado centro de la ciudad de Dublín. En el pasado, pasé mucho tiempo en el otro lado de la barra, por lo que pensé que ya estaba bastante familiarizada con la popularidad de Jameson… Después de esta visita, me di cuenta de que me quedaba mucho por aprender.
Sine Metu, además de ser el equivalente latino a la expresión “Sin miedo”, es el lema de la familia Jameson. Si hubieras vivido por los alrededores de la ciudad de Dublín en el siglo XVIII, seguro que habrías oído hablar de John Jameson. En aquellos tiempos, Dublín era al whisky lo que la región de Champaña era al champán. Dublín era la ciudad del whisky por excelencia, lo que dice mucho de este hombre y su brebaje… tanto que seguimos tomando su bebida en copitas o con café irlandés muy caliente.
Esta celebridad se distinguió del resto de los destiladores gracias al desarrollo de un “método de destilado triple”, revolucionario para la época. Jameson era famoso por su enorme atención al detalle y su meticulosidad con los ingredientes, se cuenta que incluso seleccionaba las semillas de cebada. Una vez echó a un comerciante de su casa porque intentó venderle un tónico para envejecer artificialmente su whisky. Sin duda, era un hombre que no creía en los atajos.
Hoy en día, Jameson llega a nosotros bien en una botella verde brillante (más grande y mejor, ¡gracias!) o en una copa, pero lo que realmente sorprende durante la visita a la destilería es la sobrecogedora sensación de amor y dedicación ligada a la fabricación del Jameson en aquellos tiempos (que perdura hoy en día). Trilla (la separación del grano de la paja), prensado (la malta se muele para convertirse en una harina gruesa y se mezcla con agua caliente), fermentación (añadir levadura y esperar)… ¡estamos hablando de mucho trabajo! La visita muestra cómo se calentaban especialmente las fábricas para que la cebada produjera azúcares, réplicas de gigantescas ruedas hidráulicas que ayudaban a accionar la maquinaria, y las enormes bañeras que limpiaban los trabajadores que habían llegado tarde a trabajar ese día. ¡Por aquella época no había despertadores!
Aunque sabía que la visita terminaba con un trago o un chupito, estaba tan ensimismada en todo lo que había visto y oído que lo había olvidado, así que cuando me dijeron que había llegado la hora de probar la mercancía, me llevé una grata sorpresa. Y no fue solo una: en el magnífico Jameson Discovery Bar nos sirvieron cuatro cócteles de Jameson distintos (recomiendo el “Big Ginger” tanto por su sabor como por su nombre). Los verdaderos aficionados se lanzaron a la cata del whisky, enjuagándose el paladar con agua antes de cada sorbo y dando la ligera impresión de que ya habían hecho esto antes….hmmm.
Al pensar en Irlanda, son muchas las imágenes que se le vienen a uno a la mente, todas ellas unidas a sabores. Mantequilla cremosa untada sobre gruesas rebanadas de pan de soda irlandés, ostras saladas resbalando garganta abajo y carnosos mejillones al vino blanco. Posiblemente, el sabor más apreciado (¡para los mayores de 18!) sea el del néctar dorado que despierta nuestras papilas gustativas y calienta nuestras gargantas. El whisky Jameson es uno de esos fabulosos sabores de Irlanda. Y después de ver el duro trabajo, la dedicación, el amor y la precisión que conlleva este brebaje… creo que estoy cerca de apreciarlo más de lo que había hecho nunca.


